Semifinales de la Copa de España de fútbol sala. Sábado. Cuatro y media de la tarde. El partido empieza a las seis. Decidimos ir antes al campo para coger buen sitio, ya que las entradas no están numeradas ni tienen butaca asignada.

Entramos al campo. El pabellón Pedro Delgado de Segovia está a rebosar. A falta de hora y media para el partido, la mayor parte de las localidades se encuentran ocupadas, a excepción de los palcos reservados a las autoridades y personalidades varias. Después de dar una vuelta por todo el paseo exterior a la grada, encontramos unos buenos asientos en uno de los rincones, junto al córner. A nuestra izquierda, un montón de aficionados del Lobelle, equipo compostelano que juega la segunda semifinal.

Ese día se juegan los dos partidos de la eliminatoria previa a la final, y en el precio de la entrada están incluidos ambos. Son las seis de la tarde, arranca el Caja Segovia – FC Barcelona. Se oyen fuertes tambores y voces detrás de nuestra posición, pero seguimos mirando al campo, lo de ahí abajo es mucho más importante. El partido está interesante, dominan los locales, pero el cuadro catalán se pone por delante al comienzo de la segunda mitad. El conjunto segoviano, tirando de casta, remonta el partido. Empate a dos en el marcador. Prórroga.

El tiempo de prolongación termina sin variaciones. En los penaltis pasa el Barça, final injusto. Algo se mueve a nuestras espaldas. Decenas de aficionados gallegos, avanzan por nuestro lado de la grada, indignados. Los asientos en los que estamos sentados los segovianos estaban reservados para ellos, pero la falta de indicaciones y de seguridad en el pabellón (error de la Federación), sumado al exceso en la venta de entradas (otro fallo), hizo que muchos aficionados segovianos se acomodaran allí.

Hace acto de presencia la policía y el equipo de seguridad que estaba en el Pedro Delgado en ese momento. Tras enfrentamiento verbal, la mayor parte de los seguidores del Caja desaparecen. Por miedo o por resignación abandonan sus butacas (bien pagadas, al igual que los gallegos) para dejar paso a la hinchada del Lobelle.

Nosotros permanecemos quietos. Arranca el segundo partido. El Lobelle de Santiago – Pozo de Murcia, se plantea emocionante. Seguimos allí. Nuestro lado de la grada ruge, pasionales y entregados a su equipo. Como parecían enfadados con la afición segoviana y con la organización, decido guardar mi bufanda del Caja, por si acaso.

Para afrontar la situación, y dado que sentíamos más simpatía por ellos que por el Pozo, decidimos hacernos pasar por unos pocos más de ellos. Apasionante. Un señor me da conversación durante todo el partido. Se queja del árbitro (le doy la razón), me sonríe con los goles de los compostelanos. Yo animo como uno más, protesto y grito. Al final, me siento hasta identificado. El haber escondido la bufanda como acto de acongojamiento ha pasado a ser parte de mi conversión al “lobellismo”. Ahora somos ellos.

¿Resultado final? El Pozo gana 2-3, a costa de unos cuantos errores de los colegiados y de un par de jugadas con fortuna. ¿Yo? Decepcionado. Los dos equipos con los que iba esa tarde habían “palmado”. Al menos ahora tengo un trocito de Galicia en mi corazón futbolístico.

¡Ah! Si… Casi se me olvida. Al final el Barça se proclamó campeón tras ganar al Pozo en la final por 3-2.

Kike Martín

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