“Una de las dos o tres mejores películas de aventuras del cine moderno. Rebosa sentimiento, violencia, épica y lírica.”

He aquí el punto de inflexión en la carrera de Michael Mann. Después del intento fallido (para quién esto suscribe) de ese experimento que fue Manhunter (1986), Mann se desmarcaba de su genero habitual, el thriller, para mostrarnos una aventura épica en la América colonial. El último mohicano (The last of Mohicans, 1992) es una historia de aventuras que narra la supervivencia de los dos últimos indios de la tribu mohicana y del hijo adoptivo de uno de estos: Ojo de halcón (Daniel Day-Lewis) y como se ven involucrados dentro de la Guerra de los 7 años que mantuvieron franceses e ingleses por el control de las colonias norteamericanas. La película obtuvo una buena crítica aunque no obtuvo una taquilla desaforada. Principalmente, es un film que yo encuentro infravalorado en la trayectoria de este director. Su apartado técnico es brillante; el Oscar a Mejor sonido es su mejor carta de presentación. La banda sonora es apabullante, la fotografía deslumbrante y las interpretaciones muy bien conseguidas. El guión es escrito por el propio Mann y Christopher Crowe.

El film mezcla de manera sublime aventuras y acción con romance. La época colonial está recreada con esmero por el director. El vestuario del film es de los mejores que se han visto en un film de época. La narración se mantiene equilibrada durante todo el metraje, el guión sólo se resiente en las formas. Es decir encuentro aceptable que en todo film histórico haya buenos y malos pero de ahí a entrever que los franceses eran unos sádicos salvajes que mataban por doquier mujeres y niños indefensos. Los ingleses por otro lado, son el paradigma del honor y la lealtad, aunque gracias al papel del Mayor Duncan esto se pone en entredicho. Pero claro está se trata de una producción norteamericana, aunque me extraña esas argucias en el fondo de los franceses e ingleses viniendo de un director tan poco dado a patriotismos o nacionalismos como es el tratado aquí. Si algo destaca en su filmografía es el individualismo por excelencia.

La pareja protagonista tiene mucha química. Day-Lewis es el mejor actor de su generación y uno de los mejores de la historia y aquí da muestra de ello. Eso sí, el arte de correr no es lo suyo, no le sale natural. Por otro lado, Madeleine Stowe está ante su mejor papel y en su apogeo de belleza. Ciertamente nunca ha sido una gran actriz pero mantiene el tipo en esta historia con halo de romanticismo. Jodhi May en el papel de hermana de Stowe está mas que correcta y quién sabe como hubiese quedado el film con ella en el papel de protagonista. Kevin Costner, tres años antes, había abierto la veda con el tratado humanista hacia los indígenas norteamericanos. El film de Mann le sigue la estela aunque no llegue a la excelencia de la obra de Costner. Esta revisión a los indígenas es también un reconocimiento a unos pueblos y tribus olvidadas salvo por los libros de historia. No hay mejor sitio para darlos a conocer que ese gran emplazamiento de consumo de masas y de cultura popular que es el cine.

Especial atención hay que prestar a los últimos 20 minutos del film, donde sin palabras se nos presenta un desenlace demoledor por su crudo romanticismo y por su poética violencia. Sólo hay que ver las miradas de los protagonistas para sentir todo su dolor, todo su amor, toda su valentía. Dicho esto decir que esta película es todo un manual de como se debe hacer una epopeya de aventuras clásica. Tiene acción sin caer en la fantochada, hay romanticismo sin caer en la cursilada, y con una banda sonora puede enmarcar perfectamente la acción, ajustando los temas en todo momento, sin necesidad de remarcar lo que pasa subiendo el volumen. En definitiva, es el ejemplo perfecto de como elevar una producción decente a los altares de la excelencia.

Sergi Laparra

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