Corría el año 1992, y en España se celebraban las Olimpiadas de Barcelona. Derek Redmond era un atleta que corría 400 metros lisos al que la suerte y las lesiones no le habían acompañado últimamente. En los anteriores Juegos Olímpicos de Seúl 1988, Redmond fue obligado a retirarse a pocos minutos de comenzar su serie de clasificación, y en los meses que precedieron a los del ’92, había sido operado hasta en 5 ocasiones, dejándole tan sólo 4 meses para prepararse tan importante competición.

Llegó Barcelona, y todo le pintaba fantástico. Registró el tiempo más rápido de la primera ronda, y en los cuartos de final la suerte no fue distinta. En las semifinales se perfilaba como uno de los favoritos para pasar a la final, con opciones de ganar la misma. Corría por la calle 5, y la salida fue tan impresionante que al finalizar la primera curva se encontraba en cuarta posición, algo muy positivo de cara al final de la carrera. Aún le quedaba la siguiente curva para recuperar la comprensatoria de distancia de una pista de atletismo. Su ritmo era bueno y las espectativas mejores.

Poco antes de entrar en la última curva, Derek escuchó un “crack” en su pierna derecha. Mientras la carrera seguía, el velocista se echó al suelo. Un tendón de su muslo derecho se había roto. No podía ser cierto. De nuevo, a las puertas de la gloria, una de las más dolorosas lesiones se había cebado con él. Él recuerda ver al resto de atletas continuar corriendo, y mientras se acercaban las asistencias pensó que si empezaba a correr de nuevo quizá podría alcanzarlos.

Cojeando, empezó a correr de nuevo en dirección a la meta. Entonces se dió cuenta de que ya no podría cogerlos jamás. Su cabeza reaccionó de una forma admirable entonces. Se dijo a sí mismo que prefería ser vencido por sus rivales que por su propio cuerpo. De modo que, aguantando los terribles dolores, siguió su camino hasta la meta en lo que serían los 200 metros más duros de su vida.

Su padre, Jim Redmond, se encontraba viendo la carrera en la décima fila de la grada, justo en la curva en la que su hijo se acababa de “romper”. Saltándose toda la seguridad, entró en la pista. Su primera intención era pararlo, porque se podía hacer más daño. Pero al llegar junto a Derek, éste le dijo que sólo le mantuviese en la calle 5, que él iba a llegar hasta el final. De modo que padre e hijo llegaron juntos hasta la meta. Jim apartaba a periodistas y comisarios de la carrera, lo más importante era la voluntad de Derek.

El dolor físico fue superado por la fuerza mental. La derrota fue menos derrota por oponerse a la rendición. El atleta hizo muestra de su gran espíritu de superación para continuar su carrera y poner en pie a los más de 65.000 espectadores que se congregaban en aquel estadio olímpico. Cuando veo las imágenes aún se me siguen poniendo los pelos de punta. El primer día que lo ví me emocioné (un gran programa aquel Informe Robinson en que pude descubrir toda esta historia).

Derek Redmond dio fin a su carrera siendo plusmarquista de 400 metros lisos en Gran Bretaña. Además ganó la medalla de oro en 4×400 en el Europeo de Stuttgart 1986, en los Juegos de la Mancomunidad de Edimburgo 1986 y en el Mundial de Tokio 1991. También fue plata de la misma prueba en el Mundial de Roma 1987. Una prometedora carrera frustrada por las lesiones.

Kike Martín

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