La resaca del último clásico en Champions se presenta esta vez, mucho más amarga que las anteriores, todo dicho desde el más puro interés deportivo. Fue un partido sin brillo alguno, donde solo los jugadores con ganas de pisar y de hacer teatro pusieron una nota de color, cuanto menos oscuro, a un partido que no desperdiciaría una cinta en grabar.

Entendido fuera del sentimiento por alguno de los dos equipos, o desconociendo la rivalidad de ambas instituciones, un aficionadoexterno podría haber apagado su televisor en cualquier minuto de la primera parte. Y es que el Madrid volvió a sus andadas del choque de Liga y esperó al Barça tras los muros. En esta ocasión, el Barça volvía a pecar de la poca profundidad que adoleció en choques anteriores, pero con una diferencia, los blancos no provocaban ni la mitad de peligro que en duelos pasados.

Pasado el descanso (tangana bochornosa incluida), llegamos a la acción que cambió el partido. Un lance entre Pepe y Alves con la pelota dividida, donde el portugués entra en plancha en una entrada muy fea, tarjeta roja. Y es que como ha dicho Piqué: “el que juega con fuego se quema”, y no le falta razón. Pepe, sospechoso habitual, arriesgó en una acción que en la mayoría de los casos se hubiera saldado con amarilla. El cómo se tomó la decisión por parte del árbitro y sus asistentes, también ha suscitado una de esas polémicas que durarán años: que si tardó mucho, que si ninguno estaba cerca…

Aunque parezca una obviedad, con diez y sin Pepe, la pieza que parecía haber espesado con éxito el mediocampo del Barça, el Madrid se derrumbó mucho más que si el expulsado hubiera sido otro. El factor moral de la decisión arbitral es importante, pero los blancos no pudieron resistir media hora sin el mal menor de una derrota segura. Messi cumplió en la cita con dos goles, el segundo de ellos denota el extraordinario futbolista que todos conocemos.

Más tarde, la rueda de prensa de Mou fue memorable. Rayando la línea del respeto, Mourinho incendió la sala con sus argumentos sobre el arbitraje, los logros de Guardiola y el propio club azulgrana. Saliendo del fango, ¿qué nos queda? Que Mourinho daba por perdida la eliminatoria: “iremos a Barcelona por respeto”. Guardiola por su parte, calló lo que no pudo (o no quiso) el día anterior. Esquivó preguntas que sólo un resentido contestaría y volvió a su discurso del “nada está ganado”. Buena elección.

Quizás sea la oportunidad de ver a un Madrid, no nuevo, sino diferente, acostumbrado al corsé táctico de estos últimos enfrentamientos que sorprendentemente parece haber escocido por partes iguales a ambas aficiones.

Quizás a los madridistas, les quede la amargura de que el jugador que decidió el partido fuera vestido de amarillo. Pero ante un planteamiento de partido así, cualquier contratiempo es una condena. Lo cierto es que en estas ocasiones, casi siempre decide la música quien lleva la batuta, aunque no tenga por qué ser la única melodía válida. El Madrid tendrá que esperar (o perseguir, por lo menos) la sorpresa en la vuelta, si no, su temporada habrá acabado en Abril. Lo dicho, menuda resaca para un triste partido.

David MD

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