Winston Churchill

Tenemos una tendencia innata a admirar en extremo tanto a los grandes líderes del pasado como a celebridades actuales, pero gracias a numerosas anécdotas que desafían el paso del tiempo sabemos que los famosos pueden ser tan necios, erráticos y simplones como nosotros.

Definimos una anécdota como “una narración normalmente corta de un incidente biográfico o sorprendente”. Mientras que no requiere ajustarse a la realidad en un ciento por ciento, si está obligada a ser humorística o, al menos, aguda. Y gracias a lo punzante de su intención, muchos de estos hilarantes comentarios sobre la vida misma perviven a lo largo de los siglos y vuelven a la memoria una y otra vez, permitiéndonos un acercamiento peculiar a hechos de interés, además de proporcionarnos una visión singular de personas célebres. Veamos qué nos dejaron los grandes personajes de la historia para que los recordásemos.

Las anécdotas no enseñan y nos entretienen y muestran que incluso los grandes personajes de la historia son sencillamente humanos. Las podemos encontrar de todo tipo: desde las reiteradas equivocaciones del ex presidente Bush a las contestaciones inoportunas y destempladas del británico Winston Churchill. Éste, durante una celebración de un almuerzo en el que servían pollo frío, pidió educadamente que le sirvieran pechuga, a lo que fue respondido por la anfitriona estadounidense: “En este país pedimos carne blanca o carne oscura, señor”. Churchill se disculpó por la equivocación y a la mañana siguiente envió una orquídea a la señora con el siguiente mensaje: “Me sentiría honrado si se pusiese esta flor en su carne blanca”.

El bueno de Winston era muy popular entre las mujeres, aunque no debía de ser por su elegante cortesía… Se cuenta que Nancy Astor le soltó un buen día: “Si usted fuera mi marido, endulzaría su café con unas gotas de veneno”. Él contestó: “Si fuera su marido me lo bebería”. Pero no hay que sorprenderse. Parece que no son solo los políticos británicos así de encantadores. El ex presidente de Estados Unidos Calvin Coolidge era conocido por ser un hombre de pocas palabras. Durante una cena fue abordado por una mujer que le dijo: “Señor presidente, he apostado con una amiga que puedo sacarle más de tres palabras esta noche. Él se dio la vuelta y ceremoniosamente contestó: “Tú pierdes”.

Gerald Ford

De vuelta a los años 70, nos encontramos con los comentarios incoherentes que caracterizaron el mandato del también ex presidente de los Estados Unidos Gerald Ford: “Si Lincoln viviera hoy se revolvería en su tumba”. “Las cosas son como son y no como han sido”. O la no menos célebre: “Esto es lo que ha hecho Estados Unidos en los últimos doscientos siglos”. Con líderes así no hay que sorprenderse con el estado del mundo.

Pero las perogrulladas no son patrimonio exclusivo de los angloparlantes. Una vez el astuto presidente francés Charles de Gaulle aseveró con sorprendente claridad que “China es una gran nación habitada por muchos chinos”. ¿Quién podría rebatir semejante afirmación? ¿Quién querría?

Podría parecer que todos estos líderes mundiales se hayan propuesto hacernos creer en su valía para, una vez confiados y cuando menos lo esperamos, destrozar su reputación. Y si no lean como el reputado Churchill, de nuevo, respondió a Eleanor Roosevelt, esposa del ex presidente estadounidense cuando esta le espetó: “Los indios han sufrido durante años la opresión británica”. Él dijo: “¿Se refiere usted a los indios de piel morena que viven en India y que se han desarrollado bajo el benevolente gobierno británico o a los indios de piel rojiza que viven en América y que, que yo sepa, están al borde de la extinción?”

Roosevelt y Rufus

Que sirva como lección para nunca vulnerar a un político por muy excéntricos que sean sus comentarios. Roosevelt fue uno de ellos, sobre todo por el trato que le daba a su perro Rufus, quien comía y veía la televisión como un miembro más de la familia. Una vez, mientras veían Oliver Twist juntos sentados en el sofá, el venerable hombre tapó los ojos de su animal durante la escena en que Bill Sikes está a punto de ahogar a su perro, mientras decía: “No mires ahora querido, ya te lo contaré después”.

Continuará…

Aída Martín Quirós

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