33 títulos nacionales en sus vitrinas y 73 años en la máxima competición argentina, ese es el bagaje que deja River Plate para la historia. Junto a Independiente y Boca Juniors, era uno de los conjuntos que jamás había pisado la categoría B de aquel país. Hasta hoy, cuando Belgrano ha acabado con las esperanzas del equipo en el que jugaron, entre otros, Di Stéfano, Fillol, Ruggeri, Kempes o Francescoli.

River Plate jugaba en casa pero ni tan siquiera esto era una ventaja. Las gradas del Monumental no pararon de animar a sus jugadores, llevando en volandas al equipo durante algunos tramos. Los gritos de apoyo de la hinchada no parecían ayudar a los muchachos a conseguir el objetivo, remontar el 2-0 que logró Belgrano en el Estadio Gigante de Alberdi; más bien la presión de la grada parecía enquilosar las piernas de los atacantes y nublar las ideas de los mediocentros. A pesar del gol de Pavone a los pocos minutos del comienzo, el juego de River era tosco, estéril, consistía en llevar el balón cerca del área de Belgrano para quitarse la presión de tener que pasarlo de una banda a 0tra, y practicar fútbol con él. Balones en largo buscando a Pavone y centros desde la banda se sucedían sin que llegase el gol de la igualada, cada minuto que pasaba el temblor de piernas de las Gallinas iba en aumento, no parece el animal más adecuado para salvar una situación de peligro.

En la segunda parte el “Picante” Pereyra tuvo el empate en sus botas pero lanzó el balón alto ante la salida de Carrizo; unos minutos después, cuando el partido llevaba una hora de juego, un tremendo error defensivo de la defensa Millonaria dejó un balón franco a Farré en el punto de penalti que fusiló al meta argentino y estableció el que a la postre sería el definitivo 1-1. En el minuto 66 Pavone tuvo la oportunidad de adelantar a su equipo y volver a llenar los corazones Millonarios de esperanza; cogió la responsabilidad de lanzar una pena máxima que bien podría ser una metáfora del partido: en el rostro de Pavone había tensión, colocó el esférico en el punto blanco, cogió carrerilla, cerró los ojos y la pegó con toda el alma. Le salió rasa y al centro, muy fácil para Olave; algo así vino a ser el fatídico partido en el Monumental: los jugadores de la franja roja cerraban los ojos y pegaban al balón con todas sus fuerzas, jugando más con el corazón que con la cabeza, buscando esa oportunidad de gol que pareciese caída del cielo, pero lo que conseguían era que las situaciones de ataque fuesen sencillas de defender por parte de la defensa de Belgrano.

El histórico conjunto Millonario descendía a Primera B Nacional y en sus gradas sus aficionados seguían cantando mientras lloraban, estaban viendo caer a su equipo a un abismo al que nunca se habían asomado, a un lugar en el que tienen la certeza de que se sentirán incómodos, donde cualquier rival será un enemigo y el peso de su escudo no será suficiente para ganar los partidos.

Autor: El Bigote de Preciado (@preciadobigotin)

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