Casi un año llevávamos esperando muchos el estreno del film de J.J. Abrams “Super 8”. Aparentemente lo tiene todo: un director que se ha ganado una merecida fama, un productor de la talla de Steven Spielberg, una promo impactante y bien medida, un argumento aparentemente espectacular y un trailer muy llamativo. Una carta de presentación a la que no le falta nada. Todo hacía esperar una película de las que son difíciles de olvidar, pero nada más lejos de la realidad.

La cinta arranca muy bien, tocando los corazones de todos los que alguna vez hemos soñado con hacer nuestra propia película o participar en algún proyecto cinematográfico. Profundizamos en la personalidad de los niños que ocupan los papeles protagonistas, se gustan y consiguen gustar. Así que, transcurridos 10 minutos, todo el mundo quiere que el cortometraje de estos “casi adolescentes” salga bien y sin problemas.

Pero hablando de problemas, a los jóvenes y (a veces no tanto) inocentes cineastas no les podía salir todo bien, y un accidente de tren en su particular set de rodaje hace que todo cambie de rumbo. Hasta aquí lo que se puede esperar cualquier consumidor habitual que haya podido ver el trailer. Pero es en este punto exacto en el que entran en juego las espectativas.

Lo que podía haber sido una obra magistral no deja de ser un homenaje a toda la filmografía pasada de Steven Spielberg con la tecnología del siglo XXI. Ni rastro del sello J.J. Abrams. Todo es un cúmulo de tópicos de cine ochentero hecho en el año 2011. Sencillamente, hasta que empiezan a pasar los créditos, “Super 8” no aporta nada nuevo. Por cierto, hablando de créditos, todo espectador que vaya al cine a verla debería quedarse en su butaca cuando comiencen a pasar los rótulos finales. Verán casi lo mejor de la película en ese instante.

Conclusión. Quien se tome este título como una oda al cine “spielbergiano” disfrutará como un enano, pero quien vaya a descubrir la película del año corre el riesgo de darse un golpazo contra la pantalla. En fin, opiniones hay para todos los gustos, pero es que esto es arte, y ya se sabe… colores.

Kike Martín

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