¿Qué sucede si juntamos una clásica historia sobre brujería y guerreros norteños de la antigüedad y la aliñamos con una dosis de sangre, cuerpos mutilados, músculos, maquillaje y localizaciones diseñadas con ordenador? Si a esto le añadimos tecnología de tres dimensiones y el grandote de Jason Momoa, la ecuación está resuelta: Conan, el Bárbaro 3D.

Seamos realistas, esta violenta historia sobre un niño huérfano en busca de venganza se ha quedado obsoleta. Tan solo se podía resucitar introduciendo “algo”, lo que fuera, que no tenían ni las películas de los años 80 protagonizadas por Arnold Schwarzenegger, ni la serie de dibujos animados del año 92, ni la de carne y hueso del 97 con la actuación del forzudo Ralf Moeller. Ese “algo” lo han encontrado en más espectacularidad y violencia en cada secuencia. Me temo que no ha sido suficiente.

A esta película, dirigida por Marcus Nispel, que cuenta una historia vacía de contenido y originalidad, únicamente la podía salvar una cosa, el 3D. No está mal aprovechado, pero quizá peca de “barroca” en bastantes fragmentos y al final la cosa queda muy adornada, demasiado artificial. Hay ocasiones en las que crees que estás viendo una peli de Play Mobil sobre una maqueta de una ciudad del Warhammer. Impresionante, sí, pero poco creíble.

Ir al cine a por Conan es como volver a ver a los 300 espartanos, pero con mucho menos estilo. Si lo que buscas es presenciar porrazos por un tubo, violencia a palo seco, diálogos rudos y contundentes, vacíos de todo tipo de literatura, y un buen montón de cuerpos semidesnudos, esta es tu película. ¡Ojo! No digo que sea mala malísima, ya que cumple a la perfección las expectativas: 112 minutos de entretenimiento sin tregua.

Kike Martín

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